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Chipas × crónica × ensayo × gustavo santillán × viaje
Por: Gustavo Santillán
Tierra de magia y memoria,
de antigüedad y eternidad, universo de símbolos y mundo de misterios, pasado
prehispánico y presente conflictivo, Chiapas posee no solamente un atractivo
turístico sino un encanto mítico. Extremo sur de México, es el punto norte de
la brújula simbólica de nuestro país. La historia de Chiapas es un pasado hecho
más de continuidad que de ruptura, caracterizado más por la violencia que por
la revolución. Sus gobernantes han sido con suma frecuencia sus más tristes expoliadores.
Desde la Ciudad de México el estado ha sido visto con desdén e ignorancia.
Pareciera ser simplemente un rincón del país, la frontera no solamente hacia el
sur sino hacia el silencio. Hoy sabemos después no tanto de la violencia como
de la voz de sus habitantes, que el pasado indígena y la explotación mestiza,
la injusticia colonial y la utilización moderna subsisten en esa tierra de luz
y agua, de vestigios y vergüenzas, pero también de pureza y plenitud.
Tierra de
contrastes y matices, Chiapas es un estado de la República donde la pobreza es
indisociable de la belleza. Los indios fueron despojados de sus tierras;
muchos, de sus vidas. A cambio recibieron muchas órdenes y algunas esperanzas. A
lo largo del tiempo han experimentado múltiples cambios y ninguna mejoría.
Asimismo, la belleza de su geografía y la hondura de sus tradiciones proporcionan
una experiencia tanto gozosa como dolorosa. La riqueza de los paisajes y la
pobreza de los hombres, la exuberancia de la geografía y la precariedad de la
vida, conforman un contraste no por cotidiano menos sorprendente: aquí la
mirada descubre al mismo tiempo la diversidad del mundo y la miseria del
hombre, la naturaleza siempre pródiga y la humanidad siempre avara.
Despojados de sus
costumbres, los indígenas padecieron la conquista española. Para ellos la
independencia fue únicamente una conquista mestiza. México rompió sus cadenas;
ellos conservaron las suyas. Sus desgracias son parte fundamental de nuestras
historias. No sólo estamos en deuda, sino que es preciso aceptar que hemos
construido nuestro futuro subordinando su destino a nuestro porvenir. No se
trata de víctimizar a los indígenas, sino de reconocer que todos hemos sido
verdugos o cómplices. Fundamento del país y base de su cultura, levantarlos de
su postración implica ponernos de pie a nosotros mismos. Juntos y sólo juntos
podremos recuperar la dignidad perdida de todos los mexicanos a causa del
olvido y la discriminación.
II
San Cristóbal de
las Casas, la antigua Ciudad Real de Chiapas, se esconde en medio de las
montañas y muestra en medio de los hombres la capital indígena de México.
Destacan su catedral y sus cultos, sus hombres jóvenes de cultura antigua, sus
mujeres ancianas de memoria fresca. Sus templos son distintos a los del resto
de México y sus cultos son tan profundos como los de otras regiones de nuestro
país. En ellos el fervor no es una rutina, sino el cotidiano descubrimiento de
una íntima divinidad. Los indígenas buscan consuelo y muestran su fe, no
disimulan su tristeza y no ocultan su esperanza. Templos barrocos en un
presente precario, están construidos al mismo tiempo como fortalezas ante
posibles rebeliones y como espacios abiertos ante factibles conversiones. La conquista
de la fe fue posible gracias a la fe en la conquista.
San Cristóbal es
una ciudad de clima un tanto frío y ánimo matizadamente melancólico. La lluvia
cotidiana alterna con un sol ocasional. Muchos habitantes provienen de pueblos
cercanos, queriendo terminar con sus dolores profundos: el hambre y la pobreza.
Venden objetos hechos en sus comunidades o productos traídos de otras regiones.
De cualquier manera, buscan en el comercio su subsistencia: satisfacen
curiosidades turísticas y difícilmente admiten preguntas antropológicas. Están
cansados de la opresión inmemorial pero también de los libertadores urbanos. Su
drama exige la solidaridad, pero no admite la compasión. Orgullosos de sus
tradiciones no obstante sus carencias, quieren vivir mejor que en el pasado
pero no desean renunciar a su historia. En muchas ocasiones ignoran la riqueza
de su cultura, pero la viven con autenticidad y la defienden con intensidad.
San Cristóbal no es un museo etnológico, sino una cultura viva donde la miseria
no destruye la memoria y donde la esperanza no oculta la realidad.
San Cristóbal evoca
tanto la época de la conquista como la época de la colonia: la injusticia
perdura y el sometimiento todavía no acaba. El ideal del mestizaje aquí no fue
sino la realidad de la dominación de mexicanos mestizos hacia indígenas
mexicanos. Expulsado el español, no concluyó el avasallamiento. La catedral de
San Cristóbal no es un testimonio del pasado, sino la prefiguración de un
futuro: la lucha cotidiana contra la violencia expresada no solamente a través
de la explotación, sino también por medio del grito y la discriminación, del
desdén y la ignorancia. Los templos de la ciudad son tanto hermosas
construcciones del pasado como prometedoras constructoras del futuro. Aquí la
fe desde un principio fue no solamente cruz y evangelio, sino comprensión de la
realidad y compromiso con un ideal: el respeto al indígena es el respeto a
todos los hombres. La mirada autóctona muestra la terrible situación con más
eficacia que la palabra mestiza. Saber ver en esa mirada es tan valioso como
saber leer esa realidad.
III
El río Grijalva
surge en Guatemala y termina en el golfo de México. A lo largo de su trayecto,
el hombre ha construido presas y construido pueblos. Más que un testigo, es un
actor de la trama transparente de un mundo siempre en conflicto y, no obstante,
siempre en armonía. Viajero por sí mismo e inmóvil navegante, el Grijalva
recoge a lo largo de su trayecto no sólo agua y tierra, sino también sol y
viento. Es un caudal de contrastes. Es, asimismo, alimento fundamental de la
belleza chiapaneca.
Gran obra de aguas
y temblores, el Cañón del Sumidero es un accidente de la naturaleza que refleja
el destino del hombre: escabroso y profundo, amenazante y liberador, íntimo y
monumental. La presa de Chicoasen marca su fin, aunque el río Grijalva sigue su
trayecto. Poco a poco el río se vuelve un cañón y el cañón se transforma no en
un espectáculo sino en una experiencia: a pesar de las multitudes, en medio de
las aguas y al fondo de las cumbres, nuestra intimidad encuentra no tanto un
remanso o un espejo, como un temblor y una transparencia. Dimensionamos la
pequeñez de nuestros sueños y damos cuenta de la enormidad de nuestras
pesadillas. Intuimos que somos un pequeño mundo dentro del enorme universo del
polvo y la materia. Sabemos que todo lo que hagamos resulta mínimo ante todo lo
que vemos: la obra de siglos y silencios. A pesar de su encanto, el sumidero
sufre en su naturaleza: la contaminación. La basura se estanca en determinadas
zonas y el turismo recorre todos los rincones. No obstante, el cañón permanece
no como un monumento de la naturaleza sino como el lugar donde el agua y la
altura, la montaña y las riberas, las formas de la piedra y las corrientes de
los vientos, conforman un espacio diverso. Ahí, el alma se contempla y el
cuerpo se conmueve en la unidad profunda de la intimidad vital.
El río Usumacinta
marca parte de la frontera entre México y Guatemala, pero antes unía a una
misma civilización maya en ambas márgenes. La vegetación ha cubierto lo que el
hombre ha construido. Así como los hombres vuelven al polvo, los templos
retornan a la piedra: verdadero origen de nuestra civilización y compañera fiel
de los sueños más vigorosos de distintas las épocas. Las ruinas de Yaxchilán
son como las rocas originales del nacimiento del mundo y del origen del tiempo:
inmemoriales, un día fueron levantadas de la tierra y algunas de ellas
colocadas en las cimas de los templos. Las piedras verdes de Yaxchilán no
guardan misterios: presentan evidencias de glorias pasadas y muestran
conjeturas de derrumbes repentinos, de reyes invencibles y vegetaciones
indomables. El río Usumacinta es el eje vertebral de esta zona maya. Sus aguas
oscuras atestiguan recorridos antaño interminables y ahora intermitentes tanto
de los hombres por la selva como del tiempo por las civilizaciones de los
hombres. Reptiles y peces, algas y moluscos, constituyen la galaxia submarina
de esta vida transparente. Las márgenes no son menos poderosas que las
corrientes. Los monos aulladores siguen con su estentórea voz, que quizá no es
sino una taciturna esperanza de sobre vivencia. Los jaguares de los mitos mayas
ya son solamente parte de los mitos modernos. Su ausencia es tan poderosa como
lo fuera antaño su presencia.
Todo el estado de
Chiapas está marcado por el agua. Al este se encuentra con el océano Pacífico;
al sur, con el río Suchiate; al oeste, con el Usumacinta. El líquido
transparente define al estado y subraya al mismo tiempo su universalidad. El
agua es un fluido instante del interminable origen de nuestro mundo. Madre y
vientre, transparencia y movimiento, es la memoria de la naturaleza. Es el
verdadero Dios de lo viviente: está en todo y todo tiene su origen en ella. Cuando
el agua se detiene, aparece la ceniza. Fluye sin pausa hacia su destino sin
conclusión. Ceremonia circular, su pasado es su porvenir y su porvenir es su
presente. Nadie conoce mejor la tierra que el agua: es la conciencia cristalina
del polvo y el corazón transparente del cuerpo. Los hombres pueden construir
sueños y evadir pesadillas, pero no podrán dejar de ser, primero, agua con conciencia
y, después, ceniza con pasado.
crónica × ensayo × gustavo santillán × viajes
Por: Gustavo Santillán
Nación liberal de pasado puritano, Holanda ofrece no
sólo atractivos turísticos sino también instantes de interrogación y momentos
de placer. Italia o España, Francia o Portugal son naciones encantadoras en
cuyo pasado nos reconocemos y de cuyo presente nos regocijamos. Aunque
distintas, son culturas relacionadas con la nuestra. En primer término, nos une
un parecido en el lenguaje, esa sorprendente forma en que no sólo comunicamos
lo que pensamos sino por medio de la cual sentimos lo que somos. Estos pueblos
formaron parte del imperio romano. En contraste, países como Holanda
permanecieron fuera de la órbita latina. Por esta causa, visitar Amsterdam
provoca una sensación extraña: estamos dentro de una ciudad y una
civilización de raíces realmente
distintas a las nuestras.
Así, descender del avión en su moderno aeropuerto es
entrar en contacto con una lengua que para un mexicano es difícil comprender y
pronunciar. Ahí no es fácil entender palabras sueltas e incluso ciertas
oraciones como en Roma o París, aunque sabiendo un poco de inglés no hay mayor
motivo para preocuparse. La capacidad de los holandeses para hablar otros
idiomas es realmente extraordinaria.
El trayecto del aeropuerto al hotel provoca una
primera sorpresa: el clima. Amsterdam, por lo menos en invierno y, según me
dijeron, todo el año, sufre de lluvias sorpresivas y experimenta nublados
permanentes. Recuerdo la risa casi inacabable del chofer al preguntarle cuál
era la época de lluvias. Asimismo, desconcierta el que pocas veces durante el
día pueda verse el sol o al menos una luz directa no filtrada por las nubes
provenientes del tempestuoso mar del Norte. Para un mexicano, acostumbrado a un
amanecer luminoso y a un crepúsculo radiante, nada más distinto que las auroras
y los ocasos de Amsterdam. Amanece aproximadamente a las ocho de la mañana y
anochece prácticamente a las seis de la tarde. Días cortos pero intensos vive
esta ciudad donde el comercio de mercancías es tan común como el comercio de
los cuerpos. Amsterdam es una urbe de días cortos y noches largas, de frágil
luminosidad y de una gozosa oscuridad.
La arquitectura predominante es ante todo gótica:
casas de tres o cuatro pisos de ladrillo rojo con sótanos y áticos. Amsterdam
es una ciudad de poco color en sus calles y días, pero enormemente rica en el color
de sus hombres y mujeres. Blancos y negros, asiáticos y latinoamericanos
conforman el enorme mosaico de la población local, donde la convivencia de
distintas razas ha provocado también casos nada infrecuentes de mestizaje. Si
la naturaleza de Holanda es monocromática, su población es multicolor. Ojos
azules y cabellos rubios contrastan con ojos rasgados y rostros cobrizos. La
coexistencia no sólo es armónica sino complementaria. Al igual que en otros
países industrializados, los inmigrantes, provenientes en muchos casos de las
antiguas colonias, ocupan los trabajos que los holandeses no toman.
Amsterdam es deslumbrante no tanto por la arquitectura
de sus edificios como por la convivencia entre sus habitantes. Puerto comercial
y ciudad tolerante, ha acogido a hombres perseguidos que han fundado aquí una
sociedad de ciudadanos libres. Se pueden visitar las casas de filósofos como la
de René Descartes, o de judíos acosados como la de Ana Frank. El recorrido por
los pequeños cuartos donde se escondió la gran niña hebrea es tierno y a la vez
inquietante: podemos aún sentir tanto sus juegos silenciosos como sus
reflexiones diarias.
En Amsterdam la diversidad de lenguas se escucha especialmente
en los cafés. Ahí se consume una enorme variedad de estupefacientes prohibidos
en otros países. La canabis es muy popular. Palabras y sensaciones se alternan
en estos lugares que hay para distintos presupuestos. En las calles, gente de
color ofrece no sólo en la noche sino también durante el día drogas como la
cocaína o el éxtasis. La policía hace rondines frecuentes pero prácticamente
inútiles: no detiene a nadie por vender estupefacientes en la calle.
Un sitio fundamental es sin duda Dam Street. Es la
plaza principal de la ciudad. El Palacio Real está a un costado y se puede
penetrar en su interior. Dam Street es el lugar de reunión por excelencia de
los holandeses, ya sea para celebrar el triunfo de la selección de fútbol o
para vitorear a la dinastía de Orange, la popular casa real del país y donde la
fiesta más importante es el cumpleaños de la reina madre. Los habitantes de
Amsterdam la conocen simplemente como Dam. Por cierto, celebrar el año nuevo en
Dam es una experiencia incomparable: en medio de una ligera nevada y de un
fuerte frío se baila entre un calidoscopio de personas y pasiones al ritmo de
la música electrónica. Se puede saltar y tomar, celebrar y gritar sin tapujos y
sin excesos. Si Amsterdam es una fiesta permanente, la celebración del año
nuevo es una fiesta casi interminable.
Una estancia en la ciudad implica más de una visita a
sus famosas vitrinas. Escaparates adecuadamente iluminados ofrecen cuerpos
excepcionales tanto para los amantes de la belleza como para los aficionados a
la perversidad. Aquí la belleza es plural como plural es el deseo: mujeres tan
delgadas que quizá han pasado por la anorexia o que sufren de bulimia, cuerpos
blancos como la nieve que cae de manera incesante o carnes obscuras como las
noches iluminadas por el deseo. Por algunos euros, no pocos, se entra en los
aparadores para un masaje y dependiendo de la cantidad tal vez para alguna
forma de relación más íntima. Las mujeres de los aparadores son profesionales
de la coquetería: la seducción es su trabajo. Ríen y sonríen, mandan besos y
reciben piropos, hacen insinuaciones y marcan tarifas. Casi desnudas en medio
de la nieve y casi felices en torno de los clientes, no obstante, por momentos
desprenden miradas no de arrepentimiento pero sí de cierta melancolía: la
profesión del placer no es siempre una profesión placentera.
La ciudad vieja tiene calles angostas donde no hay
banquetas y amplios canales donde hay pocas embarcaciones. Amsterdam fue
construida no junto, sino literalmente sobre el mar. Los canales son realmente
bellos y un tanto románticos: evocan un pasado de gloria mercantil. No es
difícil imaginar a Rembrandt en torno de sus aguas, al acecho de una apariencia
maravillosa o de una realidad oculta a la mirada común. Venecia sin sol, el
casco antiguo de Amsterdam es relativamente pequeño: lo marcan los canales,
construidos en forma semicircular a lo largo de la urbe. En contraste con
Venecia, los canales son drenados a diario con enormes cantidades de agua
limpia: no son hediondos y sí muy limpios. En realidad, la ciudad entera es
impecablemente pulcra no sólo por la eficiencia de los servicios de recolección
de basura, sino por la cultura ecológica del país. Aquí el turista se encuentra
en la cuna original del capitalismo burgués; no el capitalismo del derroche
norteamericano, sino el de Max Weber: ahorro y austeridad. Es una ciudad
burguesa en el sentido original de la palabra: rica en dinero, cómoda en lo
material, pero nada ostentosa en el detalle y poco aficionada a lo superfluo.
Los centros comerciales más significativos carecen del lujo, ya no digamos de
los norteamericanos, sino aún de los mexicanos. Ciudad de hombres pragmáticos y
construcciones austeras, aquí la abundancia no se expresa por medio del
derroche sino a través de la educación. En la principal calle comercial de
Amsterdam, Kalverstreet, se pueden comprar corbatas italianas y tenis
norteamericanos, sweters y abrigos, pero también objetos culturales: libros y
revistas, mapas y discos. Aquí la lectura es efectivamente parte de la cultura
en su sentido más amplio: una manera de vivir y una forma de convivir.
Las noches de Amsterdam son noches de libertad, de sensaciones provocadas por la droga y
placeres generados por el sexo, de vino europeo y cerveza alemana, de
prostitución femenina y fiesta homosexual. En suma, un espacio propicio para
hacer nuevas amistades, tan duraderas como la vida o tan intensas como la
noche. Aquí la oscuridad no oculta lo prohibido: es el escaparate transparente
de lo permitido: discotecas llenas de hombres solitarios y bares repletos de
parejas amorosas, con frecuencia inmigrantes. Una visita es muy poco tiempo
para decir algo valioso sobre el carácter de la gente. Pero no es difícil
percibir en los holandeses una actitud poco efusiva, sobre todo en comparación
con los hispanoamericanos. Por las calles y los canales se observan pocas
parejas haciendo público su amor. Quizá más que fríos son sobrios, y más que
sobrios, discretos.
Ciudad calvinista por antonomasia, junto con Ginebra,
Amsterdam no es ya una ciudad religiosa. Debido a la prohibición iconoclasta de
hacer o portar símbolos religiosas, ni las personas ni las iglesias hacen
profesiones públicas de fe. La principal iglesia calvinista de la ciudad, Oude Kerke,
es una construcción que sorprende no por su magnificencia sino por su
sencillez. Ubicada en el centro del casco viejo de la urbe, ofrece una
experiencia inquietante, a causa de su fe protestante, para turistas más
acostumbrados a las soberbias catedrales españolas o a las barrocas iglesias latinoamericanas.
No deja de ser curioso que este antiguo eje de la espiritualidad calvinista se
ubique en el centro de las calles y los canales donde más abundan las vitrinas
y las tiendas de objetos sexuales, la venta de drogas y los espectáculos
eróticos. En suma, este templo de la fe y la espiritualidad reformada está
rodeado, sobre todo durante la noche, por el espectáculo de la carne y la
lujuria.
El mercado de flores evoca la magia de las leyendas.
Los tulipanes negros fueron hace siglos una maravilla y son ahora una presencia
constante. Metáfora transparente del romanticismo de la flor y del misterio de
la noche, de la perfección pasajera de la vida y de la perfección
indestructible de la muerte, son prácticamente el símbolo de la ciudad.
El barrio de las vitrinas y Dam Street son ejes
fundamentales de los atractivos turísticos de la ciudad. Pero el verdadero
centro neurálgico de la vida cotidiana es Central Station, punto del cual parten o al cual llegan los ferrocarriles
del eficiente sistema de transportes de toda Holanda. Ahí ya todo está
automatizado: en especial, la compra y reserva de boletos. País
territorialmente pequeño, posee el mejor sistema de transportes del mundo. Los tranvías ocupan grandes espacios en las
vialidades urbanas. Asimismo, las bicicletas son sumamente populares: tienen
vías propias y pueden atropellar a algún distraído que invada su espacio. Los
autos no son los dueños de las calles: se podría decir que las vialidades están
construidas para desalentar su uso.
Amsterdam es una ciudad moderna por su tecnología y
ecológica por sus transportes, austera en sus construcciones y liberal en las
costumbres, capitalista por su comercio y calvinista por su pasado, tolerante
con las ideas y amable con las personas. Para filósofos como Baruch Spinoza,
era el refugio por excelencia de los hombres perseguidos, lo que la hacía el
centro universal de la inteligencia libre. Más allá de lo que un viaje pueda
decir, es evidente que Ámsterdam, y con ella Holanda, es lo más parecido en el
mundo a un espacio efectivo de autonomía individual, sea para el pensamiento o
para el placer. En Amsterdam se intuye con cierta nitidez que tanto la lujuria
como la libertad son los reversos de una misma moneda, puesta en nuestras manos
por un azar casi divino al cual llamamos, simplemente, vida.
ensayo × espacio crítico × gustavo santillán × poesía
ELSA CROSS: ENTRE EL CANTO Y LA CONCIENCIA
Gustavo Santillán
Entre la literatura y la filosofía, entre la escritura y la docencia,
Elsa Cross ha escrito una poesía que nos remite ante todo a un estado de
conciencia: los sentidos no sólo contemplan sino que construyen tanto nuestro
mundo exterior como nuestro universo íntimo. El poema, que es siempre lenguaje,
es siempre magia: no retrata: transfigura: no expresa: es en sí mismo una
experiencia.
En la antigüedad griega la poesía y la filosofía
estaban unidas. Grandes autores expresaron distintos pensamientos en largos
poemas de líneas abstractas. Con el tiempo, la filosofía se expresó a través de
otras formas y la poesía experimentó nuevos caminos. Sin pretender retornar al
pasado, la poesía de Elsa Cross parecería una poesía filosófica, si no fuera
porque en el fondo toda poesía es en sí misma filosófica no porque contenga
bellos, sino porque ofrece nuevos sentidos y nuevas percepciones sobre el mundo
y el lenguaje.
Los poemas de Elsa Cross son generalmente de corta
extensión y verso libre, de ritmo verbal pero sobre todo de ritmo intelectual.
Ofrecen la perspectiva no de una plenitud dichosa sino de una dolorosa
plenitud, donde el amor es más reflexión que romanticismo y menos aventura que
encuentro. Transmiten la sensación de inmovilidad; también, de una mirada
contemplando quietamente el vértigo de las pasiones y los pensamientos. Ajena al tiempo, su poesía no tiene un
momento propio del día: pertenece a un instante de reposo donde la luz y la
oscuridad son discretos matices del paisaje verbal de la conciencia. Su intimidad es sobre todo una exploración de
su interioridad: remite no tanto a dramas como a preguntas. Los poemas son,
precisamente, tentativas de respuestas a tales interrogaciones. No se trata del
sentido de la vida o de la explicación del mundo, sino de respuestas
provisionales a preguntas permanentes. Por esta causa, afortunadamente, su
poesía no ofrece verdades sino visiones.
Amante de
la filosofía y profesora universitaria, mujer discreta y poeta reconocida, Elsa
Cross ha sido una presencia constante en la vida literaria de nuestro país en
las últimas décadas. A juzgar por sus publicaciones en libros y revistas,
escribe no de forma episódica sino de manera permanente. La poesía es parte de
la respiración básica de nuestra autora. Ha preferido sin excusa ni
experimentación el verso libre de corta extensión. En este sentido, sus poemas
son más un momento verbal que una construcción intelectual. Los versos ofrecen no tanto un panorama o un
paisaje como una inquietud y una interrogación. Son obras abiertas: las
interpretaciones del lector son las posibilidades del poema. No son unívocos;
menos aún, lineales. Sus palabras apelan no tanto a imaginación como a nuestra
reflexión. No es una poeta interesada en la imitación de la naturaleza. Cercana
a la filosofía hindú, sus poemas son espirales donde verbos y adjetivos aspiran
a donde los adjetivos y los verbos no llegan: a expresar la plenitud que es
siempre vacío.
La lectura de sus versos proporciona la sensación de
enfrentarse no tanto a afirmaciones rotundas o a negaciones contundentes, sino
a interrogaciones imborrables. Cross no es una autora de muchos temas. La
mayoría de sus poemas giran alrededor de algunas obsesiones: destaca sobre todo
el tema amoroso. Pero no se trata de un
amor donde el deseo y la pasión construyen éxtasis o decepciones. Es un amor
sereno donde los cuerpos son ante todo presencias antes que amantes. No es una
poeta de índole sexual: no aparece el furor de la carne o la transparencia del
erotismo. Es un amor donde el elemento central es el diálogo. Subrayo: el
diálogo con el otro que es siempre uno mismo.
La poesía de Cross experimenta no tanto una evolución
como un perfeccionamiento en sus medios expresivos y un ahondamiento en sus
temas centrales. Cada poema es una variación de ese poema único que es su
poesía entera. Alusiones a la mitología
tanto griega como hindú aparecen en sus versos. Pero sobre todo su poesía se construye
a partir de espirales de alusiones: sus versos son acercamientos a las
realidades verbales que los mismos versos construyen. Es una obra vivida y
pensada, donde el ritmo es indistinguible de la reflexión.
No es común la primera persona en la obra de Cross. Sus poemas no son
soliloquios sino diálogos en ocasiones con personas y siempre con las palabras.
Privilegia las imágenes a las metáforas. En este sentido, la obra de Cross es
una conversación más cercana al silencio que a la elocuencia. Se ubica entre el
verbo y el verso, entre la palabra y el lenguaje. Situada a la misma distancia
del canto que de la conciencia, su obra es una lenta pero permanente
construcción de interrogaciones dentro de un mundo donde priva por un lado el
escepticismo y por el otro el monólogo. Cada día es más difícil tanto conversar
como convivir. Entre el silencio asfixiante y el ruido ensordecedor, entre la
palabra que quiere ser dogma y el dogma que se presume como verdad aparece
siempre la poesía: una presencia discreta pero poderosa en la vida y la conciencia.
Nos recuerda que al mismo tiempo somos palabras y somos personas: cada uno es
tanto una versión del hombre como una visión sobre la humanidad. Somos
individuos, pero ante todo somos partes de un todo que quizá nunca
comprendamos, pero que a través de la poesía intuimos.