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POÉTICA DEL VIENTO
Por Óscar Wong
La memoria personal me lleva a los
inicios de 1987, unos meses después del fallecimiento de mi esposa. Llegué a la
costa una madrugada, con mis hijos muy pequeños, pegados a mí, aterrados por el
viento que azotaba como un dragón voraz: volaban anuncios comerciales,
desprendidos por los zarpazos enfurecidos de Long, el dragón de viento. Es una
imagen que la tengo muy grabada. En la costa chiapaneca hay temporadas donde el
aire azota muy fuerte, sobre todo en otoño. En mi infancia lo escuchaba en
medio de la oscuridad, o desplazándose entre la lluvia huracanada. Es terrible
ver a la naturaleza descargando su furor. El dragón, ese animal mítico para mis
ancestros chinos, originalmente fue un tótem para los pescadores, el conde del
viento o Fei Lian; para mí es un elemento substancial no sólo en mi
poesía sino en la vida cotidiana. El viento me remite al hálito cósmico, al
espíritu celestial, a los ocho trigramas que aparecen combinados en el I Ching
de mis ancestros. Es esa dimensión donde se esparce la voz poética, donde surge
la Luz.
Cuando se habla del
viento, de inmediato pienso en las sábanas que llevan a Remedios la Bella en Cien
años de soledad, de García Márquez, o bien a la caracola de Piggy, el
gordito personaje de William Golding en El señor de las moscas,
resonando no para convocar a una nueva asamblea, sino presagiando la desgracia,
el final funesto que le aguarda. Percey B. Shelley tiene un poema, Ode to
the West Wind, donde invoca y evoca esa energía, indómita, cósmica
denominada viento, a veces como una trompeta profética, o como hojas resecas.
Pienso en los libros de Bachelard, ligados al espacio, a la ensoñación, al agua
y los sueños y, desde luego, estos elementos ligados al viento. Hay un cuento
de Eraclio Zepeda, en Benzulul, llamado justamente Viento.
Mi memoria no es muy clara al respecto, aunque de pronto recuerdo a Revueltas,
a ese cuento, Dios en la tierra, donde el viento es sórdido,
devastador, ardiente, definidor de la divinidad cuando pasa por la Tierra. En
fin.
En ocasiones el
viento es un espacio lírico, aunque obviamente sirve de contención: circunda a
las cosas, las conjura; tiene alas luminosas, a veces sórdidas; reposa sobre el
agua como caricia de ninfa, o de hada. Por algo asume diversidad de nombres:
céfiro, aura, soplo, hálito, brisa, etc., etc., etc. También se conjunta con el
fuego y devasta los bosques (otra imagen pavorosa de Chiapas, desde luego).
Robert Graves recuerda las invocaciones de los druidas, en La canción de
Amergin, manejada en La diosa blanca. La inspiración surge
cuando el viento se desplaza entre los árboles, o se desliza caminando sobre el
agua de los lagos. Es una influencia determinante en todas las culturas, tanto
como fuerza primordial tanto como energía combinada con la tempestad. Los
tornados en Norteamérica demuestran su poder devastador.
De alguna manera el viento es un soporte del mundo, rompe y
corrompe, a veces purifica. Significa una fuerza primordial. Es el soplo de
Morgana o el silbido de Melusina al metamorfosear su cuerpo un viernes por la
noche. Su color, Azul Darío; su aroma, como un espléndido vino
degustado por Berceo; su textura, verde cocodrilo, a la manera de Efraín
Huerta, El Grande. Alguien habló ya de la Rosa de los vientos y los atenienses
de la Torre de los vientos. En su primer sentido es vectorial, desde la segunda
perspectiva, un contenedor, un hálito sutil que devasta y acaso petrifica.
Ignoro si haya una poética del viento. Y si la hay debió
habilitarla Bachelard, o Dilthey. Desde mi particular punto de vista una
poética del viento establecería íntimas relaciones con el agua, la tierra y el
fuego; sería una materia como los sueños, parte de un paraíso inmemorial,
religioso; el viento es esa voz poética que irrumpe en la realidad, para
conjurarla o devastarla; es el hechizo de Merddin, la invocación de Taliesin
para modificar a la naturaleza y asustar a los falsos bardos: la englynn
cobrando existencia. Es la poesía misma, revelándose, develándose en esas
combinaciones sonoras, llameantes en sus significados, que se perpetúan en un
canto estremecedor. Es la firma para la paz de Efraín Huerta, transformando el
entorno social, el destino del mundo, nuestro futuro. Revelación o conjuro, el
viento es el Logos que a través de su sonoridad crea, construya, genera ámbitos
novedosos y, por ende, el orbe cobra sentido. Un día estaré lúcido para
teorizar sobre esta singular poética.
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Selene Carrillo Carlos
De acuerdo con la mitología
griega, los dioses del Olimpo se alimentaban con ambrosía, un néctar delicioso
y exclusivo, al igual que el fuego pero no tan necesario cómo éste. Prometeo no
lo piensa dos veces: se roba la llama que, sin saberlo, encendería el
conocimiento y la rebeldía. Así que el elixir sagrado continua nutriendo a las
deidades mientras que el hombre se conforma con los platillos de su nueva
cocina, olvidando por completo la antigua crudeza de la carne y los vegetales,
de su pensamiento y sus costumbres.
No fue hasta el siglo XIX
cuando a un inglés se le antojó probar el divino líquido a cualquier costo.
Pronto descubriría las fatales consecuencias. Herbert George Wells (1866–1946)
comprendió que al intentar ocupar el papel de un dios, el homo–sapiens se encuentra de frente con la fatalidad, con su propia
finitud e imperfección. Al saborear ese licor se embriaga y ya no puede evitar
la catástrofe. Su ansia de conocimiento provoca su caída.
Ante la caída surge la
lucha y después la destrucción. El
alimento de los dioses de Wells nos plantea el fracaso, la batalla y la
devastación de la sociedad postvictoriana, de la revolución de las ideas y el
cientificismo de la época. Esta obra pertenece al grupo de las novelas
científicas del escritor inglés junto con La
máquina del tiempo, La isla del Dr. Moreau, El hombre invisible, La guerra de
los mundos y La visita maravillosa.
El alimento de los dioses es la historia de la creación de una sustancia
química que hace que los animales, las plantas y los seres humanos aumenten su
tamaño y se vuelvan gigantes. Dicho elemento fue elaborado para mejorar la
salud y ser un poco más fuerte, más grande, menos vulnerable. Pero los
resultados sobrepasan los límites, los investigadores pierden el control, la
sustancia se esparce por doquier y nace una nueva raza.
La humanidad se divide en
dos bandos: los Gigantes y los Pequeños, con una única alternativa: comer o ser
comidos. La guerra por la vida se desata. Para sobrevivir es necesario el
aniquilamiento del otro. Los frentes de batalla se preparan. Se construyen
campamentos y se alistan las armas. El combate inicia.
Comienza la pelea mas nunca
termina. Wells decide que sea una lucha permanente, sin vencedores, porque es
una contienda contra nosotros mismos, contra el miedo que nos provoca el vernos
al espejo. El hombre gigante no deja de ser hombre, sólo que ahora es
diferente, magno, grotesco, bestial. Es un trazo difuminado por un pintor que
ha querido jugarnos una broma. Es distinto y por tanto, es otro, ajeno y
extraño. En una palabra: es peligroso.
Y a lo que es peligroso hay
que destruirlo. Pero al hacerlo el hombre está matando una parte suya, un
instinto que trata de ocultar. Permite que la bestia se asome, no que huya. La
razón lo domina. A pesar que la ciencia y la tecnología lo arrastran hacia su
exterminio, el ser humano se valdrá de ellos para salvarse. Aún no concede el
poder al sentimiento.
La búsqueda de la
perfección y el conocimiento absoluto lo convierten en un ser ambicioso, engreído,
altanero, que se compara con los dioses, retándolos, y que espera deleitarse
con el néctar celeste. Sin embargo, la ambrosía no fue hecha para los mortales.
El dulce se transforma en veneno. Un ente pantagruelesco surge y nos aplaste en
castigo por nuestro atrevimiento.
Aunque el cientificismo
conduce al desafío, también hay un poco (o mucho) de locura en el acto. Uno de
los investigadores le da la sustancia a su bebé en un instante de exaltación.
Cuando quiere detenerse ya no es posible, ahora su hijo es un pariente de
Gargantúa (sin los excesos, claro está).
Por eso el hombre es
mortal, finito, imperfecto: por sus errores y su irracionalidad, la cual en
ocasiones intenta esconder. Y por más que lo intente no podrá sacudirse su
humanidad, ni siquiera con la ambrosía, «el alimento de los dioses».
«Durante unos instantes fue resplandeciente, la mirada
hacia arriba, hacia la inmensidad del espacio, revestido de cota de malla,
joven y fuerte, resuelto e intrépido. Después la luz pasó y él permaneció como
una gran silueta negra recortada contra el cielo estrellado, una gran silueta
negra que amenazaba con gesto imponente el cielo y toda su multitud de
estrellas»
H. G. Wells
El alimento de los dioses
Bibliografía
WELLS, H. G. El alimento de los dioses.
Edicomunicación S.A. Barcelona, 2001.
autores × ensayo × filosofía × letras × oliver eduardo lópez
La
identidad
José
Vasconcelos y Carlos Pereda
Preguntas
sobre coincidencias o divergencias
Por: Oliver
Eduardo López Martínez
… las distintas razas del mundo
tienden a mezclarse cada vez más, hasta formar un nuevo tipo humano,
compuesto con la selección de cada uno de los pueblos existentes.
José Vasconcelos
…con la palabra «identidad» en gran medida indicamos ese proceso
mediante el cual
la persona va elaborando a lo largo de una historia
un proyecto de sí misma que no deja de reconsiderar mientras vive.
Además, esa historia se hace con referencias enfáticamente sociales:
soy parte de numerosas comunidades, por ejemplo, soy ciudadano de
cierto país,
soy esposo, padre, tengo cierto oficio…
Carlos
Pereda
En el año de 1948 aparece publicado
La raza cósmica de José Vasconcelos,
texto por demás de corte profético, mesiánico y ambicioso. En él podemos
encontrar una notoria preocupación del autor por lo que considera su raza, el
futuro de su raza, la identidad de su pueblo. No estamos seguros si se trata de
un texto contestatario hacia las naciones que por aquellos años proclamaban una
identidad de «sangre pura». No estamos tampoco del todo seguros si se trata de
un texto positivista o romántico. Sin embargo nos plantea un problema
interesante, que posteriormente fue el tema de muchos pensadores mexicanos: se
trata de la identidad, de la identidad latinoamericana.
Para
contrastar las ambiciones de Vasconcelos hemos retomado el texto de Carlos
Pereda Crítica de la razón arrogante
en sólo uno de sus panfletos; aquél que nos habla de la identidad. Nos
limitamos sólo al capítulo III del libro, considerando que ahí se encuentran
una parte importante de los propósitos de Carlos Pereda, que es el operar de la
razón arrogante, además de su crítica, que desde mi punto de vista, es en
contra de los nacionalismos y las políticas totalitarias; sea el caso chileno,
sea el caso mexicano. La identidad o la arrogancia de la identidad ha sido el
error de los nacionalismos, de las autonomías y de algunas otras filosofías.
Por ello es que, a riesgo de ser arrogantes y de estar en un error, planteamos
las siguientes preguntas: ¿podremos decir que Carlos Pereda y José Vasconcelos
hablan de la misma identidad? ¿Ambos autores estarán haciendo una crítica al
totalitarismo nacionalista y al concepto de raza pura? ¿Vasconcelos resulta ser
un filósofo de la arrogancia, o su operar filosófico es arrogante? Y
finalmente: ¿con cuánta arrogancia Carlos Pereda critica la arrogancia? No del
todo vamos a responder esas preguntas, puesto que no es tarea de sentarse a
pensar un rato, sino de discutir y dialogar entre varias personas para llegar a
posibles interpretaciones. Con la visión de José Vasconcelos y la crítica de
Carlos Pereda intentaremos especular un tanto sobre el tema de la identidad.
I
La búsqueda de la peculiar expresión del y de lo
latinoamericano, sin negar la universalidad y al abordar los problemas que nos
plantea nuestra circunstancia, dará por resultado un producto
sostén de un espíritu autónomo, de una cultura y filosofía definidas.
La originalidad de la filosofía
latinoamericana ha tenido un fuerte cuestionamiento. Qué es América, qué es ser
americano, cuál es su historia, cuáles son sus contribuciones, qué problemas se
derivan de sus relaciones con el Occidente, qué problemas del pasado inciden en
su presente, de qué modo debe asumir ese pasado, qué conflictos
se desprenden de su estructura
de clases, son algunas de las preguntas que vertebran el nuevo movimiento, que
se cuestiona fuertemente la identidad latinoamericana. Este tipo de interrogantes
ha dado lugar a un pensamiento que ha puesto en estrecha vinculación la
filosofía y la historia de las sociedades latinoamericanas y su lucha por la
liberación.
Brevemente, mencionaré qué es lo que
nos lleva a argumentar una filosofía latina, tres son las ideas fundamentales
que han llevado a estos planteamientos: la necesidad de investigar la realidad
americana; la de imaginar y crear soluciones
a sus problemas; y la de examinar y proponer su inserción en el mundo en un
enclave de equidad y justicia.
Es en este sentido que todo el movimiento puede considerarse una filosofía para
la liberación, a pesar de las diferencias teóricas profundas que aparecen en el
pensamiento de sus representantes. El latinoamericanismo filosófico
contemporáneo no es un movimiento teóricamente homogéneo y ha sido propósito
nuestro dar apenas una idea de sus antecedentes y una caracterización
aproximada para suscitar el diálogo.
Con todo, un parámetro común mínimo los distingue y es la afirmación de América
y la dignidad de ser americano, en su condición humana y la necesidad de ser
reconocidos como iguales en un mundo de asimetrías. Cuestiones que han
reclamado asimismo para todos los pueblos del orbe, por lo que cabe hablar en
ellos de un nuevo y renovado humanismo,
desde la perspectiva que plantea Samuel Ramos en el texto Hacia un Nuevo Humanismo.[1]
La originalidad y la argumentación de
una filosofía propia para el mexicano no implicarían la creación de nuestros
extraños sistemas,
sino en dar respuesta a problemas que en una determinada realidad y tiempo se
han originado. Así, originalidad sería hacer de lo ya existente algo distinto.
En Zea ser original es ser capaz de recrear el orden existente, partir de sus
innumerables posibilidades de reacomodo y reajuste.[2]
En realidad, este doble retorno al
pasado azteca y a la cultura india
fue estrangulado en 1821 y no sería resucitado sino hasta 1910, con la
Revolución Mexicana, cuya violencia
y desorden volverían a plantear en forma aguda la cuestión de la identidad
nacional. Cuando, en 1920, el nuevo presidente Álvaro Obregón instaló al
filósofo José Vasconcelos como su Ministro de Educación y ex Presidente de la
Universidad, introdujo una nueva era cultural en México y, a través de su
influencia revolucionaria, en toda América Latina. Con su teoría
del tercer eslabón estético, de la evolución
humana, Vasconcelos puso las
artes visuales al servicio
de la revolución, alentando al sindicato
de pintores y al movimiento muralista de los años veinte.[3]
El arte mural, que gozaba de larga
historia en México desde antes de la Conquista, se convirtió en el medio a
través del cual se exploraban la historia e identidad antigua y reciente de
México, y se reexaminaba y reconsideraba la cuestión india, el problema de los
pueblos nativos y sus culturas vernáculas. Para los muralistas, las tradiciones
indias se convirtieron en el modelo para sus ideales socialistas de arte libre,
abierto y público. La Declaración del Sindicato
de Trabajadores Técnicos, Pintores y Escultores de 1922 rechazó la larga
dependencia del arte mexicano.
Nos percatamos también de la
tendencia unificadora hacia las cuestiones religiosas, lo cual es ya un indicio
del amanecer del espíritu filosófico. Los aztecas tenían conciencia de lo bueno
y lo malo, creían que el hombre había nacido para el bien y que por naturaleza
era bueno, este hecho nos lleva a afirmar que entre los aztecas existió una
moral plenamente formada y lo que les faltó fue la conciencia del conocimiento
racional, motivo por el que no llegaron a la comprensión del conocimiento
científico y mucho menos a la noción de la ciencia.
Vasconcelos, a quien considero de
vital importancia para el estudio de la filosofía en México —y por supuesto
para una mejor comprensión de los estudios acerca de las identidades nacionales—,
al inicio del siglo XX fue uno de los principales personajes que aportaron una
reflexión sobre la identidad, ya no tanto del mexicano, sino de cualquier
nación, baste una detallada lectura de La
raza cósmica, para adentrarse en los orígenes de esa búsqueda de
identidades, en una forma de reflexionar muy particular debido a sus
circunstancias, pero que es insoslayable en el estudio de la filosofía
mexicana.
Tal como lo menciona:
La cuestión tiene una importancia enorme para quienes se empeñan buscar
un plan
en la Historia. La comprobación de la gran antigüedad de nuestro continente
parecerá ociosa a los que no ven en los sucesos sino una cadena fatal de
repeticiones sin objeto. Con pereza contemplaríamos la obra de la civilización
contemporánea si los palacios toltecas no nos dijesen otra cosa que el que las
civilizaciones pasan sin dejar más fruto que unas cuantas piedras labradas
puestas unas sobre otras, o formando techumbre de bóveda arqueada, o de dos
superficies que se encuentran en ángulo. ¿A qué volver a comenzar, si dentro de
cuatro o cinco mil años otros nuevos emigrantes divertirán sus ocios cavilando
sobre los restos de nuestra trivial arquitectura contemporánea? La historia
científica se confunde y deja sin respuesta todas estas cavilaciones.[4]
II
Examinemos ahora, aunque brevemente, el pensamiento
hispanoamericano de José Vasconcelos, el cual dio toda su significación al
vocablo criollo y entendió lo hispanoamericano como suma de razas. Una vez
terminada su misión en la educación se refugió en un periodismo intelectual y
combativo —«La Antorcha» es cita obligada del pensamiento americano—, y ante el
agresivo aislamiento político en que hubo de vivir, inició sus viajes de
conferenciante por Europa y América. En ellos tuvo que enfrentarse con
problemas tan espinosos como la ocupación de Puerto Rico por parte de
Norteamérica. Pero reconoce la grandeza del Norte, no sólo en su aspecto
material. El viejo liberal se lamenta de las persecuciones de que fue objeto el
catolicismo en su país y de que no se comprenda la gran fuerza que representa
para la cultura. «Un catolicismo depurado sería un auxiliar irremplazable»[5].
Desde el punto de vista hispanoamericano vio la realización de Iberoamérica
como una empresa que requiere la colaboración de todos los pueblos de la tierra
y el comienzo de un ciclo nuevo en la historia del mundo. En este
iberoamericanismo no sólo entran negros, indios y sus mezclas, sino también el
mismo sajón. Vasconcelos se pronuncia por el mestizaje como posible creador de
culturas y civilizaciones distintas de las actuales, al decir que nuestra mayor esperanza de salvación se
encuentra en el hecho de que no somos una raza pura, sino un mestizaje, un
puente de razas futuras, un agregado de razas en formación: agregado que puede
crear una estirpe más poderosa que las que proceden de un solo tronco.[6]
Esto afecta también, como es natural, a los inmigrantes de los Estados Unidos,
donde resucita más patente el dominio ejercido por una minoría blanca sobre
todas las restantes, mucho más prolíficas.
Vasconcelos ha planteado también todos los problemas y conflictos de
América dentro de su propio continente. Por ejemplo, el peligro de un choque
del Norte sajón con el Sur hispano. Trata de dar con el ideal y en su
exposición teórica acoge los problemas materiales. Pero es optimista al
considerar que América tiene que cumplir tareas mesiánicas en La raza cósmica e Indología (1926); y hace magníficas y personales interpretaciones
de lo mexicano en su famoso Ulises
criollo (1936) y en La flama. Los de arriba, de la Revolución
(póstuma, 1959) es una importante autobiografía. Los avisos y diatribas endurecieron al Intelectual del «optimismo
estólido»[7]
(así tituló el epílogo de su Breve
historia de México, aparecida en Madrid en 1952).
III
Intentaremos
ahora explicar el panfleto tercero de Carlos Pereda, La identidad en conflicto: del reconocimiento del otro, también en
conflicto.[8]
Comenzaremos por el problema de la identidad personal, donde afirma Pereda que
cualquier respuesta a las preguntas ¿quién soy yo? y ¿quién eres tú? debe ser
una respuesta multi-referencial.[9] Es
decir, cuando se pregunta quién soy y quién eres, no vasta con sólo decir soy
un cuerpo, una suma de órganos funcionando, sino que además de ser cuerpo somos
mente; entonces llegamos a decir que somos un cuerpo mentalizado: subjetivizado[10]
Por tanto no sólo se vive en el espacio sino también en el tiempo. Lo que nos
lleva a decir que tenemos memoria y esa memoria no es algo estático,
encapsulado, pues se trata de una memoria social; y al decir que es una memoria
social que se va reconstruyendo con la participación de los otros, nos damos
cuanta de que los otros son parte de mí y yo parte de los otros ya que tenemos
una conciencia social, una memoria que compartimos.
No estamos en disposición de adscribirnos ningún predicado, ya sea
físico, mental o social, si no podemos atribuírselo a los otros, y viceversa.
Pues toda adscripción de predicados —físicos, mentales, sociales— tanto a mí
mismo como a los otros debe regirse por criterios públicos, sociales. De ahí
que el conocimiento de nosotros mismos no sea independiente del reconocimiento
de los otros.[11]
De manera muy rápida y
clara Carlos Pereda nos lleva de la identidad personal a la identidad
colectiva. Nada simple es la identidad personal, sino que conforma «hilos
entramados» que constituyen un tapiz llamado identidad relativa.[12]
Sin embargo, hay otro tipo de identidad: la «identidad formal». Para explicar cómo
es ésta, Carlos Pereda recurre al «experimento de la cebolla». Si decimos que todos
los «accidentes» o «hilos» que construyen el tapiz de mi identidad son las
capas de una cebolla, qué pasa si quitamos todas esas capas, todas esas
relaciones biológicas, psíquicas y sociales, ¿qué nos queda? La respuesta es: el ser humano.
La vieja respuesta es: yo, tú, somos, antes que nada.
Así al parecer me podrían quitar, o podría perder, o renunciar a cualquier
fragmento de esa historia que soy, pero, ¿mientras conserve mi humanidad, no
dejaré de ser quien soy? Diré que este —¿sorprendente?— resultado del
experimento cebolla —que invita por cierto a bastantes preguntas— introduce la
«identidad formal», el «yo formal», el punto de vista de la tercera persona de
un ser humano. Esta «identidad formal» en cierto sentido se opone a las «identidades
materiales», tanto biológicas como psicológicas y sociales.[13]
No obstante, la «identidad
formal» resulta ser un modo pobre e inquietante de reconocerse, nos adentra en
el operar de la razón arrogante. Por ello, antes de contestar que somos «seres
humanos», debemos reconocernos desde un punto de vista «aspectal», es decir: pluralidad de identidades y reconocimientos,
no una búsqueda de identidad y reconocimiento en singular.[14]
Con estos razonamientos
presentados por Carlos Pereda, ¿podemos apuntar que La raza cósmica de José Vasconcelos se trata de hacer de la
identidad del latinoamericano una identidad aspectal o multi-referencial? O
contrariamente ¿caería en ser un ejemplo de lo que critica Carlos Pereda? Una
visión arrogante de la identidad. La pregunta sigue presente, me gustaría que
alguien se sumara a la discusión. De lo contrario presento solamente las
interrogantes.
BIBLIOGRAFÍA
ü VASCONCELOS, José, La raza cósmica, Austral, México, 1999.
ü VASCONCELOS, José, Ulises criollo, Prólogo de Sergio Pitol,
Porrúa, México, 2003.
ü MUÑOZ, Juan Gallardo, José Vasconcelos, Dastin, México, 2003.
ü PEREDA, Carlos, Crítica de la razón arrogante, «Cuatro panfletos civiles», Taurus,
México, 1999.
ü RAMOS, Samuel, Hacia un nuevo humanismo, «Programa para una antropología
filosófica», F. C. E., México, 1994.
ü ZEA, Leopoldo, Conciencia y posibilidad del Mexicano, Porrúa, México, 1987.
[1] Samuel
Ramos, Hacia un nuevo humanismo.
[2] Leopoldo
Zea, Conciencia y posibilidad del
Mexicano.
[3] Juan
Gallardo Muñoz, José Vasconcelos, pág.
48.
[4] José
Vasconcelos, La raza cósmica, pág.
15.
[5] Juan
Gallardo Muñoz, Op. Cit.
[6] José Vasconcelos,
Op. Cit.
[7] Juan Gallardo
Muñoz, Op. Cit.
[8] Carlos
Pereda, Critica de la razón arrogante,
págs. 89-131.
[9] Ibidem.
[10] Ibidem.
[11] Ibidem.
[12] Ibidem.
[13] Ibidem.
[14] Ibidem.
armando alanís × autores × ensayo × letras × libros
PASIÓN POR EL QUIJOTE
Armando Alanís
- Cervantes versus don Quijote
No
conocemos el verdadero
rostro del autor
de El Quijote. Los retratos
–incluyendo el de Juan de Jáuregui– que han llegado hasta nosotros de
aquel soldado de Urbina que, a los cincuenta y tantos y después de incontables
vicisitudes, “erraba oscuro por su dura España” (Borges), corresponden, en
realidad, a caballeros de la época cuya identidad no superó la prueba del tiempo.
Sólo contamos, para hacernos una idea de la apariencia física del genial
escritor, con el retrato hablado que hiciera él de sí mismo en el prólogo a sus
Novelas Ejemplares: “Este que veis
aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de
alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada, las barbas de plata,
que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña,
los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos, mal
acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con
los otros...”
A
diferencia de lo que pasa con su creador, la apariencia física de don Quijote
sí que la conocemos, pues se han encargado de plasmarla y contribuir a
inmortalizarla los dibujos, grabados y pinturas de Doré, Daumier, Goya, Picasso,
Dalí, Fernández Sastre y otros muchos artistas. Todo el mundo, aunque no haya
leído El Quijote, recuerda cómo era –y sigue siendo después de cuatrocientos
años– el singular personaje: alto, desgarbado, de rostro enjuto, ojos
extraviados, bigote y barba requiriendo con urgencia un peine. Todos, hayamos o
no leído la novela inmortal de Cervantes, hemos visto pasar muchas veces
al Caballero de la Triste Figura, como lo bautizó el rústico pero agudo ingenio
de Sancho Panza, el “mejor y más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante”,
cuya obesa estampa también forma parte indeleble de nuestros recuerdos. Lo
hemos visto enfundado en su maltrecha armadura, llevando en la cabeza una bacía
de barbero que él, en su delirio, llama yelmo de Mambrino, y a lomos del flaco,
melancólico y rijoso Rocinante (a pesar de su talante apaciguado, el rocín no
es indiferente, como demuestra en algunos episodios, a las gracias de las
yeguas querendonas).
De
don Quijote lo sabemos todo: sus preferencias gastronómicas, determinadas por
su condición de hidalgo venido a menos (“salpicón las más noches”), sus
amistades (el Cura y maese Nicolás, el Barbero, constituidos en censores, y el
bachiller Sansón Carrasco), sus amores (la labradora Aldonza Lorenzo,
transformada en Dulcinea del Toboso porque don Quijote necesita enamorarse de una bella dama a la cual dedicar sus hazañas
caballerescas), sus abundantes lecturas, que lo hacían pasarse “las noches
leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio” (desde el Amadís de Gaula hasta Las lágrimas de Angélica y La Galatea, libro este último que “propone algo, y no
concluye nada”, pero del cual “es menester esperar la segunda parte que promete”),
y, desde luego, sus aventuras y desventuras, desde que decidió resucitar en sus
tiempos la olvidada profesión de la caballería andante hasta el mesmo (no mismo, que no es lo mesmo, a despecho de
algunos cervantistas, que se empeñan en “modernizar” algunos vocablos) momento
de su fallecimiento, cuando, desengañado, pasa sus últimos días recluido en su
casa, la razón recuperada y bajo los cuidados de su ama y su sobrina, y las
continuas visitas de sus amigos y de Sancho Panza. Y sabemos que don Quijote, a
causa de sus lecturas, perdió el juicio y anda por ahí deshaciendo agravios y
enmendando tuertos. Es un idealista, un soñador que se da de golpes, una y otra
vez, contra la áspera realidad. Pero no importa, porque todo lo malo que le
sucede es obra de encantadores y malandrines. Él sigue adelante, siempre
adelante.
De
la vida de Cervantes, en cambio, no tenemos más que noticias sueltas, muchas de
ellas poco precisas. Tal inconveniente ha llevado a errores, como el que
algunos cometen al pensar que Cervantes perdió el brazo izquierdo en la batalla
de Lepanto, “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni
esperan ver los venideros”, cuando lo cierto es que le quedó inutilizada la
mano.
No
sabemos en qué fecha nació, pero como fue bautizado en Alcalá de Henares el 9
de octubre de 1547, se piensa que pudo haber nacido el 29 de septiembre, día de
San Miguel. Sabemos, recogiendo datos dispersos, que fue soldado, prisionero en
Argel, comisario para el aprovisionamiento de la Armada y recaudador de tercios
y alcabalas. Sostuvo un amorío con Ana Franca, con quien procreó una hija, pero
desconocemos los pormenores de esa relación (tanto esa hija como las hermanas
de don Miguel acostumbraban tener amantes, de los que recibían alguna paga en
metálico). Se casó con Catalina de Salazar, dieciocho años menor que él, pero
ignoramos si el matrimonio se llevaba bien o mal (parece que ella no quiso
nunca salir del pueblo de Esquivias). Quizá porque sabemos tan poco sobre la
vida de Cervantes, y porque a veces un personaje de ficción llega a estar más
presente en la memoria de los lectores que su autor, fue que Unamuno afirmó que
don Quijote era más real que Cervantes.
De
la trayectoria literaria del creador de la novela moderna, sabemos tan sólo que
publicó el grueso de su obra tardíamente, después de llevar una vida intensa y
aventurera. La Galatea aparece en
1585; sus Novelas Ejemplares en 1613;
Viaje del Parnaso en 1614; Comedias y entremeses en 1615; la
primera parte de El Quijote en 1605 (nuestro autor tenía 57
años de edad, lo que nos mueve a afirmar, con Dámaso Alonso, que este libro es
el fruto de la experiencia de toda
una vida), y la segunda en 1615, un año después de que se publicara el segundo
tomo apócrifo de las aventuras de don Quijote, firmado por un tal Fernández de
Avellaneda. Póstumamente se publicó el Persiles,
el libro “más malo o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto”
(novela fallida que contiene algunas de las mejores páginas de Cervantes; pero
hay que buscarlas con lupa). Al año siguiente de la publicación de la segunda
parte de El Quijote, muere el novelista, el 23 de abril, justo la misma fecha
–pero en diferente calendario– en que
también dejaba este mundo, en Stratford, Inglaterra, otro de los más grandes
genios en la historia de la literatura: Shakespeare.
Aunque
Cervantes publicó sus libros en el último periodo de su vida, hizo sus pininos
como escritor cuando era un joven estudiante. En 1569, publicó en una antología
unos poemas dedicados a la reina Isabel de Valois. El antólogo, López de Hoyos,
profesor del Estudio de Madrid, llama a Cervantes su “caro y amado discípulo”.
Suponemos –volvemos a las suposiciones– que el profesor supo darse cuenta del
talento de aquel muchacho.
Pero
mientras El Quijote se convertía en el best-seller
de la época, se hacían varias ediciones y era traducido a otros idiomas,
Cervantes desaparecía detrás de su famoso personaje. Cuando muere, es enterrado
en un convento madrileño, amortajado en un modesto sayal.
Mientras tanto, don Quijote
cabalgaba infatigable en la imaginación de sus millones y millones de admiradores.
Y hasta la fecha.
- El sol en las bardas
El
Quijote no lo escribió Cervantes sino el
misterioso historiador arábigo Cide Hamete Benengeli. Hallado por casualidad su
manuscrito, en caracteres árabes, fue traducido al español por un moro que
dominaba ambas lenguas y pasado en limpio por Cervantes –mero copista o
amanuense–, quien se permite, de cuando en cuando, intercalar comentarios tanto
del traductor como de él mismo. Así por ejemplo, leemos en el capítulo V de la
segunda parte: “Llegando a escribir el traductor desta historia este quinto
capítulo, dice que le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con
otro estilo del que se podía prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan
sutiles, que no tiene por posible que él las supiese, pero que no quiso dejar
de traducirlo, por cumplir con lo que a su oficio debía…” Es la novela dentro
de la novela dentro de la novela: una caja dentro de otra dentro de otra. Más
aún: en la segunda parte, don Quijote y Sancho se topan con la novedad de que su
historia ya ha sido llevada a la imprenta, y es leída y comentada por todos, y
es tan clara, en opinión del bachiller Sansón Carrasco, “que no hay cosa que
dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la
entienden y los viejos la celebran”.
En
El Quijote hay de todo. Cuentos y
novelas cortas, como la novela del “Curioso impertinente”, que se desarrolla en
Florencia y que parece haber sido incluida en el libro con el único propósito
de satisfacer la afición de los lectores de la época por los novellieri.
Poemas donde el autor demuestra ser un poeta, si no a la altura de
Quevedo y Góngora, sí estimable y siempre ingenioso. Cartas, como la que don
Quijote le envía a Dulcinea desde Sierra Morena: “Si tu fermosura me desprecia,
si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, moguer que
yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser
fuerte, es muy duradera.” Ensayos, como el discurso que hace don Quijote de las
armas y las letras en favor de las primeras, y hasta teoría literaria.
El Quijote es una novela de aventuras,
de amor (posible e imposible), de humor (las “simplicidades” de Sancho,
dispersas a lo largo de todo el libro y entreveradas de refranes, que el
diligente escudero dispara sin ton ni son, según le vienen a la memoria). Es
una novela realista, idealista, costumbrista. A veces roza el género
fantástico, como en el episodio de la cueva de Montesinos. Es un compendio de
sabiduría, de agudas reflexiones, de sutilezas. Una galería de retratos
humanos: los ricos, los humildes, los rústicos, los comerciantes, la gente del
teatro, los venteros, las dueñas, las
prostitutas, los curas, los letrados, los ladrones, los estudiantes. Un espejo
de la vida en sociedad, tanto en las ciudades como en el campo. Es, finalmente,
un libro donde lo mismo encontramos el lenguaje coloquial que el erudito, el de
los magistrados así como el de los hidalgos y el de la gente del pueblo. El
estilo es a veces rebuscado, a veces pintoresco, a veces retórico, a veces
llano; siempre sabroso. Todos los temas, todos los tipos humanos, todos los
oficios (o casi todos) están presentes, en mayor o menor medida, en este libro
abarcador, en esta novela total, como diríamos hoy.
El
autor ha creado una multitud de personajes inolvidables, pero sobre todo dos:
don Quijote, cuya locura consiste en creerse caballero andante que tiene como
misión remediar las injusticias de este mundo, metiéndose en toda clase de
enredos, y Sancho Panza, tan cándido y buenazo como socarrón e interesado.
Desde que su amo se la promete, Sancho anhela con llegar a ser algún día
gobernador de una ínsula… ¡y su anhelo acabará por materializarse! Don Quijote
es el idealista y su escudero el que tiene los pies en la tierra. Pero conforme
transcurre la historia, Sancho –Madariaga dixit–
se va “quijotizando”. El campesino que todo el tiempo piensa en el provecho
material que sacará de servir a aquel hidalgo, termina atrapado en la red de
sueños y fantasías tejida por don Quijote. En el último capítulo, cuando su
amo, en el lecho de muerte, renuncia a la profesión de caballero andante, y
abomina de los libros de caballerías, Sancho le replica: “Mire no sea perezoso,
sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos
concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea
desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse
vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a
Rocinante le derribaron; cuanto más que vuesa merced habrá visto en sus libros
de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que
es vencido hoy ser vencedor mañana.” Según Madariaga, don Quijote, a su vez, se
“sanchifica”, pero no es muy justo afirmarlo. Lo que sucede es que don Quijote,
al término de su vida, ha recobrado la razón. Ya no quiere ser caballero andante
ni entregarse a la vida pastoril, como llegó a sugerir: ahora es, simplemente,
Alonso Quijano el Bueno, un hombre
cuerdo que se muere, rodeado de las gentes que lo quieren y estiman.
¿Cervantes
–o Benengeli– escribió El Quijote para
ridiculizar las novelas de caballerías, tan del gusto de los lectores de la
época? Conviene señalar que nuestro autor, si bien critica acremente ese género
de novelas, las había leído todas (como don Quijote, ni más ni menos, como el
Cura y el Barbero). Y es que Cervantes no rechazaba los libros de caballerías
como tales, sino la manera en que estaban escritos, sus excesos y disparates.
Los encontraba inverosímiles y mal estructurados: “Pues ¿qué hermosura puede
haber, o qué proporción de partes con el todo, y del todo con las partes, en un
libro o fábula donde un mozo de diez y seis años da una cuchillada a un gigante
como una torre, y le divide en dos mitades como si fuera de alfeñique, y que
cuando nos quieren pintar una batalla, después de haber dicho que hay de la
parte de los enemigos un millón de competientes, como sea contra ellos el señor
del libro, forzosamente, mal que nos pese, habemos de entender que el tal caballero
alcanzó la vitoria por sólo el valor de su fuerte brazo?” Hay que apuntar que la verosimilitud que
Cervantes pedía a una novela es un criterio literario que, después de cuatro
siglos, sigue vigente.
Una
de las virtudes de una novela es su encanto, es decir, su capacidad de atrapar
al lector dentro de sus páginas, de inducirlo a seguir las peripecias de los
personajes como si fueran seres de carne y hueso con los que puede
identificarse. En este sentido, El
Quijote es una de las novelas más
encantadoras que se hayan escrito, un triunfo de la imaginación, regocijante de
principio a fin. Una novela que nos recuerda que, aunque a los seres humanos
nos azoten innumerables desventuras y calamidades, aunque el mundo parezca
naufragar, la esperanza se mantiene viva. Una novela que nos advierte que vale
la pena mantenernos fieles a nuestros sueños, a nuestros ideales, por
inalcanzables que parezcan. Como dice don Quijote al Bachiller, que tacha a
Sancho Panza de crédulo por creer que podía ser verdad el gobierno de la mil
veces prometida ínsula: “Aún hay sol en las bardas.”